
Foto de la web: terra.es
Mientras muchos se dedican a montar superproducciones multimillonarias con los mejores actores (o los que más cobran) y luego presentarlas, previa alfombra roja, a lo largo de todo el mundo, otros tantos (los más) se pelean con las telarañas de la cartera para hacer realidad un sueño.
Muchos de estos sueños mueren antes de nacer; se pierden entre papeleos, incompatibilidades y pocos recursos. Algunos pocos (o menos) llegan a las carteleras de los cines. Ese es el caso de “La fiesta”, una comedia española que tuvo el honor de compartir cines con esas grandes superproducciones.
Poco dinero, muchas ideas
Cuando más aprieta la vida, más hay que agudizar el ingenio. Y así lo hicieron Carlos Villaverde y Manuel Sanabria, dos jóvenes proyectos de directores de cine que tenían un buen guión, pero les faltaba ese apoyo económico sin el que no puedes dar dos pasos en el mundo del celuloide. ¿Qué hicieron? Lo primero, darle vueltas al guión; así hasta que lograron que la trama se desarrollase en el menor número de localizaciones posibles. Lo segundo, reunir al equipo que les ayudaría a hacer la película entre todos los que ya habían trabajado en algún momento con ellos, todo menores de 24 años.
Por último, contrataron a actores desconocidos. Anunciaron su casting y allí acudieron estudiantes de todas las escuelas de Madrid en busca de los mismo que ellos querían encontrar: una oportunidad.
Un millón de pesetas. Ese era todo el presupuesto que tenían. Cerraron el guión y así nació, en el 2002, “La fiesta”.
Para lo que da una fiesta
En una original mezcla de la comedia americana de los ‘80 tipo “Porky´s” y los diálogos con situaciones absurdas de las películas de Kevin Smith, tres compañeros de piso, Javi, Chemita y Luna, deciden hacer una fiesta en su piso. A ellos se les unirán Tripi, un ex habitante del mismo piso, y Carmelo, el novio de Luna que viene desde su pueblo.
Pero las fiestas no siempre son todo lo fácil que parecen al principio, sobre todo cuando se mezclan drogas por error, alcohol y feromonas a flor de piel. Ah, y amor. Porque, ¿qué película no es de amor o no tiene ese tema de fondo? Lo bueno en este caso es que, aunque se intuye, no le resta fuerza ni carga humorística.
“La fiesta” se convirtió en una película de esas del boca a boca, la publicidad que mejor suele funcionar, pero también se benefició de su status de “película barata de calidad” para ocupar sitio en los informativos y en los espacios de cine. Se apoyaba en este “márketing” pero además no defraudaba a casi nadie. Si vamos al cine a ver una americanada llena de efectos y salimos descontentos pensaremos: “¿Y para eso tanta pasta?” En cambio, si vamos a ver una película “barata”, si no nos gusta diremos: “Claro, sin efectos…”; si nos gusta, ya habremos dado una paso más hacia la defensa del buen cine.
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