
El director en un encuentro con estudiantes cineastas
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En agosto del 2008, estalló la guerra entre Osetia del Sur y Georgia, provocada por la escalada de tensiones a raíz de la separación de la primera dos años antes. Miguel Ángel Jiménez y Luís Moya decidieron entonces que querían hacer un documental sobre el conflicto. Pero el destino les deparaba otra suerte. Tardaron en conseguir los visados correspondientes y cuando por fin llegaron allí, la guerra se había acabado. Ya no podrían conseguir su deseado plano subidos a un tanque.
Así iniciaba Miguel Ángel Jiménez, el director de la película, su narración sobre la creación de la película. En el Kutxa Andía de San Sebastián, en el marco del Festival Internacional de Cine, este realizador madrileño compartió con el público su experiencia personal sobre esta aventura. Cabe mencionar que el público estaba especialmente hipnotizado por su intervención, al tratarse de jóvenes estudiantes (y no tan jóvenes) de distintas escuelas de cine internacionales que presentaban sus cortos en el Festival.
Ori: españoles, georgianos y una Red One
A pesar de todo, el director y Luís Moya, el guionista de la película, estaban empeñados en hacer…algo. Habían hecho el viaje, tenían el equipo técnico preparado y no estaban dispuestos a renunciar. La solución a la que llegaron fue hacer una película de ficción. Estaban allí, en Georgia, con localizaciones magníficas, extras locales y mucho entusiasmo y energía. El único problema es que tenían menos de dos semanas para escribir un guión, encontrar las localizaciones adecuadas, conseguir actores, contactar con alguna productora local que estuviera dispuesta a echarles una mano y ponerse a rodar.
Inmediatamente, claro, se pusieron manos a la obra. Se encerraron unos días en un hotel y pensaron una historia. A partir de ahí, Luís se puso a escribir y Miguel Ángel a buscar. “Tenía que llamarle cada tanto para que me contara lo que había escrito y encontrar la localización”, dice el director.
El siguiente paso fue encontrar a un actor. No fue demasiado complicado al principio, salvo por el hecho de que se trataba de un monje haciendo penitencia en un monasterio. Pocos días antes de empezar el rodaje, el monje superior le denegó el permiso para hacer la película (estaba de penitencia, por lo que no podía hacer de actor). Ya no tenían protagonista.
Casi desesperados, llegaron al Sindicato de Cineastas Georgianos. Debido a la guerra, no había prácticamente ninguna producción ni de cine ni de teatro. “Había un montón de gente esperando a que les propusieran algo, mientras fumaban un pitillo tras otro”. Así dieron con un actor georgiano, con el que ya podían hacer el filme
Ori: un rodaje salvaje
Finalmente, empezaron a rodar. Con una cámara Red One y un equipo de 5 personas más 2 eléctricos georgianos, un extraño entrecruzamiento de idiomas y condiciones bastante adversas (“dormíamos en los coches”), los 20 días que duró el rodaje se convirtió en una auténtica aventura merecedora por si sola de otra película. “Es lo que había, queríamos hacer las cosas bien, pero teníamos que improvisar mucho”.
A pesar de todo, la película ha merecido las alabanzas por parte de la crítica. Jiménez y Moya han salido muy satisfechos del proyecto, y ya están preparando un nuevo viaje a Kazajistán para rodar otro filme. Estaremos atentos a sus nuevas aventuras.
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